Profundizar

by Régis Soavi

Soltar… soltar… soltar… Olvidar para perder nuestros hábitos de juzgar tanto a los demás como a nosotros mismos, cuya única finalidad es, con demasiada frecuencia, justificar nuestras acciones, ocultar nuestros malentendidos o nuestros miedos, y que confunden nuestras sanas reflexiones procedentes de lo más profundo de nuestro ser. Progresar o retroceder forma parte del mismo mundo, un mundo engañoso en el que el aprendizaje, al igual que la formación o la competición, se ha convertido en una mercancía que se puede comprar y vender. La profundización, en cambio, no se puede comprar con dinero.

Citius, Altius, Fortius

Más rápido, más alto, más fuerte. Este es el lema de los Juegos Olímpicos, el ideal del deporte de alto nivel. El aikido, sin embargo, forma parte de una dimensión completamente distinta, abierta a todos, a todo el mundo, sin que por ello se vea mermado en lo más mínimo como Arte marcial, Arte de la respiración y, sobre todo, Arte de la armonía.

En las artes marciales japonesas se suele decir que todas las artes siguen caminos que pueden parecer muy diferentes entre sí al principio, e incluso durante bastante tiempo, pero todos apuntan en la misma dirección, hacia la cima de la montaña, el monte Fuji. Algunos son tortuosos o de difícil acceso; otros parecen más fáciles, más rápidos o simplemente más lentos, pero todos convergen en la cumbre. Los patriarcas del budismo zen, que animan a la perseverancia, añaden: « cuando llegues a la cima, no te detengas, sigue subiendo ».

KATSUSHIKA HOKUSAI (1760–1849) Fujiyama / 富士山 (3, 776 m -12,389 ft) Japan
Hokusai Fujiyama

En cuanto a Tsuda sensei, nos ofrecía una imagen diferente, una visualización que nos permitía ver las cosas desde otro punto de vista, una forma de pensar que siempre me ha servido de orientación y me ha permitido abrirme a otra dimensión esencial y a la vez sencilla, una reorientación que necesitaba de forma imperiosa. Cuando hablaba de sus maestros  ya fueran japoneses, como Ueshiba Morihei O-sensei, Noguchi Haruchika sensei, creador del seitai, Hosada sensei de la Escuela Kanze Kasetsu, con quien estudió la recitación del No, o franceses, como Marcel Granet y Marcel Mauss en la Universidad de la Sorbona  , explicaba que gracias a la intensa y continua investigación en su especialidad, habían cavado « pozos de gran profundidad »1. Sin embargo, a pesar de que trabajaban en campos muy diferentes, lo que cada uno de ellos había descubierto al acercarse a su fuente era que era la misma « Agua » la que fluía allí. Hablando de su trabajo y de sus investigaciones sobre aikido, seitai y la comunicación a través de sus libros, él mismo nos dijo dos años antes de su muerte, que empezaba a sentir la humedad. La dirección a la que apuntaba no era la de acumular conocimientos, técnicas y saber hacer, sino ir siempre en la dirección del desprendimiento que permite al individuo despertar, salir de su letargo. Nos da un ejemplo de ello en este párrafo de su quinto libro2:

« Lo única cosa que me preocupa es saber hasta dónde podré desarrollar mi respiración. Mi expreiencia me enseña que, en eso, no hay límite.

Lo que antes me parecía difícil, imposible, incluso inconcebible, se vuelve un día factible, y después fácil y divertido.

Todo se desarrolla como en la incubación de un huevo. Cuando el embrión se vuelve un pollito, rompe la cáscara y sale. Un mundo nuevo se abre con el despertar de sensaciones nuevas. »2

Itsuo Tsuda approfondissement
Itsuo Tsuda

Profundizar no es repetir sin fin

Cada compañero, cada situación, es una oportunidad para conocer y descubrir algo nuevo, algo sutilmente diferente. Es esta diversidad la que nos permite crecer.

Por otra parte, recuerdo mis primeros años de judo. Apenas tenía doce años y, aunque practicábamos el método conocido como « judo-jujitsu japonés », que era muy diferente del « judo moderno »  porque, entre otras cosas, no había categorías de peso y todo se basaba en el desequilibrio más que en la fuerza  nuestro profesor consideró oportuno alinearse con las tendencias más modernas impulsadas por Anton Geesink, el primer no japonés en ganar el título de campeón del mundo en 1961. Empezó a hacernos trabajar en un « especial », es decir, una sola técnica, dos como máximo, para cada uno de nosotros. Teníamos que repetirlas incansablemente para ganar en las pocas competiciones intercomunitarias y poder participar en los torneos de Île-de-France [región de Paris]. A él le parecía un estímulo que encajaba perfectamente con los métodos modernos de enseñanza, pero en cuanto a mí, ya era consciente de hasta qué punto estábamos pasando de las artes marciales al deporte. Sin embargo, me encantaba el deporte, sobre todo correr, y en particular campo a través, pero lo que me gustaba del judo estaba desapareciendo.

A pesar de todo, continué en el club y, al mismo tiempo, sobre todo, en lo que yo llamaba mi « dojo personal » con un amigo judoka y karateka. Era un espacio de unos veinte metros cuadrados del que estaba muy orgulloso porque había conseguido instalarlo en un sótano sobre unos tatamis que eran muy caseros. Aún así, tenía todas las características que necesitábamos para nuestra práctica, incluyendo fotos de los maestros en un tokonoma. Allí era donde practicábamos las « verdaderas » artes marciales, con la nobleza del arte, pero, por supuesto, también con flexibilidad y rigor, comparando nuestra experiencia recién adquirida  yo sólo tenía quince años y llevaba cuatro practicando –. Nuestro repertorio se encontraba en los primeros libros publicados, y no omitíamos ninguna kata, ni siquiera las más difíciles, aunque todavía no estuvieran a nuestro nivel. Lo que nos fascinaba era descubrir la riqueza y la finura de este arte, que tenía sus raíces en la experiencia de siglos pasados.

El aikido y el descubrimiento del ki

Nuestro profesor de judo nos había hablado del aikido y nos había mostrado algunas técnicas sencillas. ¿Qué había detrás de las técnicas de las que nos hablaba y nos dejó entrever? ¿Cómo podíamos progresar en las artes marciales? Éstas eran las preguntas que me asaltaban cuando quise retomar el entrenamiento tras los sucesos de 1968. Me había marchado de los suburbios donde vivía y me había dedicado a muchas artes diferentes, así como a diversos entrenamientos en todo tipo de artes marciales, pero sólo me servía a medias. Cuando me apunté al dojo Montagne Sainte-Geneviève en París con Plée sensei, esperaba encontrar por fin algo que me satisficiera. Fue justo después de mis clases de judo, y gracias a las sesiones de aikido dirigidas por Maroteaux sensei y a sus demostraciones y explicaciones sobre la importancia del ki tanto en el aikido como en el jiu-jitsu, cuando sentí la dirección que debía tomar. Gracias a él encontré el hilo que me llevó al hombre que se convirtió en mi maestro de aikido, katsugen undo y seitai durante los últimos diez años, Tsuda sensei, y por eso nunca podré agradecérselo lo suficiente.

En todos los maestros que conocí posteriormente, intenté ver y sentir el ki que, aunque invisible, estaba presente en cada uno de ellos. A través de mis encuentros en talleres nacionales e internacionales también me codeé con practicantes de diferentes escuelas, siempre con el objetivo no de enfrentarme a mí mismo ni de descubrir nuevas técnicas, ni siquiera de mostrar lo que podía hacer, sino de sentir el ki en las personas con las que practicaba. Lo importante para mí era percibir lo que les impulsaba, superficial o profundamente, independientemente de si era positivo o negativo en relación con mi propia práctica. Todo esto me permitió comprobar dónde me encontraba, pero también sentir de forma concreta el camino recorrido, y así profundizar y llegar más lejos.

Los libros de Tsuda sensei, por su sencillez y profundidad, no sólo eran guías teóricas, sino sobre todo guías prácticas que he podido utilizar en mi vida diaria y que, poco a poco, me han obligado a « soltarme » para, por fin, reencontrarme conmigo mismo y confirmar lo que me impulsaba y guiaba.Progresar para convertirse en, o profundizar para “ser”

Mientras queramos conseguir una victoria, ya sea sobre nosotros mismos o sobre los demás, obtener ventajas o mantenernos en nuestra zona de confort, estaremos siguiendo básicamente el mismo camino, el camino de la adquisición que se centra en lo superficial, en el recipente más que en su contenido, en la forma más que en la esencia. Tomar conciencia del camino que seguimos, y de la frustración que muy a menudo resulta de ello, puede llevarnos a dar un paso atrás y empezar a aprender a utilizar la insatisfacción para buscar lo que ya está ahí y sólo espera a ser realizado, en lugar de intentar cerrar las brechas que percibimos en nuestro carácter o en nuestra estructura fisiológica para sobrevivir.

Este es el camino que nos ofrece el aikido, un arte del encuentro, con una dimensión que nos sorprenderá tanto como nos deleitará, si tenemos la paciencia de descubrirlo. Se trata de intensificar la sensación, no luchar contra la decepción cuando aparece, sino de aceptarla como una amiga que nos ayuda a profundizar un poco más en la dirección que nosotros mismos hemos decidido seguir. Despertar nuestra intuición fundiéndonos con nuestros compañeros y prestando atención a cada movimiento, al flujo de esa energía interior que necesitamos descubrir y que está al alcance de nuestra mano. Abrirnos a nuestra humanidad inmanente sin dejarnos desposeer ni invadir, porque nuestra esfera se ha vuelto más perceptible y fuerte, mediante una práctica realista y, sobre todo, sin falsedad ni complacencia.

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Régis Soavi

Profundizar es descubrir un mundo desconocido

Es cuando estamos cansados, deprimidos o, a veces, simplemente mal, cuando afloran capacidades sorprendentemente inusuales. Como ya no podemos comportarnos como lo hacemos normalmente, y si hemos trabajado para profundizar en nosotros mismos, surgen capacidades desconocidas y nuevas formas de hacer las cosas y de entender nuestro entorno. Sin que nos demos cuenta conscientemente, el ego en esa situación tiene la oportunidad de someterse a algo que nunca ha conocido. Si se lo permitimos sin miedo, se abren posibilidades insospechadas, cuyo motor es la empatía y su consecuencia, el deseo de comunicar. La necesidad de actuar que surge de esta situación nos impulsa, más o menos rápidamente, a salir de este estado difícil llevándonos a comprender lo que buscábamos sin ser conscientes de ello. Las respuestas que encontramos suelen estar enterradas en lo más profundo de nosotros mismos. Sin embargo, son muy sencillas, como « ¿Por qué eligir el aikido? » o « ¿Por qué seguir cavando a pesar de la lentitud y la dificultad de este tipo de camino? ».

El mundo al que tenemos acceso no es diferente del que conocíamos, sólo se le añade una nueva dimensión: el ki. Es una cuarta dimensión, o una quinta si incluimos el tiempo como la cuarta. Podemos concebir el ki de la misma forma que concebimos la gravedad hoy en día, o cualquier otra cosa que nos resulte parcialmente desconocida por el momento, pero no sabría cómo definirlo porque es una dimensión « aparte ». Tsuda sensei nos dio una pista cuando escribió en 1973, en las primeras páginas de su primer libro, El No-Hacer:

« Trasponer el problema del “ki” al vocabulario francés, donde cada palabra sufre el imperativo de definirse, de limitarse, es en sí mismo contradictorio, pues el “ki” es sugestivo e ilimitado por naturaleza. »3, « El espíritu occidental, con su tendencia intelectual y analítica, es incapaz, de cualquier modo, de admitir en su vocabulario una palabra tan flexible como el ki: infinitamente grande, infinitamente pequeña, extremadamente vaga, extremadamente precisa, muy común, a ras de tierra, técnica, esotérica. »4

Pero al fin y al cabo, lo que practicamos se llama AI KI DO, ¿no es así: la « Vía de la fusión y armonización del ki »?

Régis Soavi

1[cf. Tsuda, I. (1973). El No-Hacer. Editorial: Santos Román, Prólogo, p. 10 (obra original publicada en 1973) pozos de una profundidad excepcional »)

2Tsuda, I. (2011). El dialogo del silencio. Budo International Pulishing Company, Capítulo X, p. 74 (obra original publicada en 1979)

3Tsuda, I. (1973). El No-Hacer. Editorial: Santos Román, Prólogo, p. 10 (obra original publicada en 1973)

4ibid., Capítulo I, p. 14